Porcelana gallega con nombre propio

La Real Fábrica de Sargadelos entre historia, arte y transformación

En las tierras de Cervo, Lugo, nació una de las aventuras industriales más singulares de la historia gallega: la Real Fábrica de Sargadelos. Un nombre que hoy evoca cerámica de autor, azul cobalto sobre blanco cremoso y una identidad visual inconfundible. Pero su origen fue otro. Antonio Raimundo Ibáñez, un empresario ilustrado llegado desde Asturias, no soñaba aún con vajillas decoradas cuando en 1791 obtuvo autorización real para levantar una fundición de hierro en las tierras de Sargadelos. El lugar reunía lo necesario: mineral, agua, madera y un puerto cercano. Aquella primera fábrica fue, ante todo, una apuesta por la autosuficiencia industrial en un país dependiente de las importaciones.

La cerámica no llegaría hasta 1806, cuando Ibáñez, ya convertido en marqués de Sargadelos, decidió ampliar el proyecto y fundar una fábrica de loza fina inspirada en la tradición inglesa. La innovación fue rápida: nuevos esmaltes, formas neoclásicas, técnicas desconocidas hasta entonces en España. Pronto, la Real Fábrica de Sargadelos se convirtió en un referente por la calidad de sus piezas, y en un símbolo del cruce entre artesanía y modernidad..

Certo XornalCC BY 2.0, via Wikimedia Commons

Pero llegó la guerra de la Independencia y asesinaron al fundador por “afrancesado”. Antonio Raimundo Ibáñez Llano y Valdés merece una mención importante aquí. Era un hombre emprendedor, valiente en los negocios, moderno según los cánones de la época y cuya apuesta por la prosperidad económica de todos tuvo su reflejo en sus iniciativas. La fábrica de cerámica de Sargadelos es un “modelo del primer capitalismo industrial en cuanto al control de la producción y del personal”.

También, como comprobaréis si clicáis en la fuente que acabo de compartir, a pesar de nacer en una familia muy humilde supo utilizar los recursos que le ofrecía su época para prosperar. Se dedicó a la importación y exportación, impulsó a la industrialización y el comercio de la zona de Ribadeo, y fundó la Real Compañía Marítima para comerciar con el norte de Europa. También abogó por el enciclopedismo en un país que, desgraciadamente, gritaba barbaridades como “vivan las cadenas” algo que, finalmente, le costó la vida. Hay lugares donde los instigados dan crédito a quienes se imponen por la razón de fuerza y desprecian a quienes utilizan la fuerza de la razón.

Volvemos a la fábrica que nos ocupa, que tuvo que cerrar cuando su fundador fue asesinado. Pero en 1835, y hasta 1842, volvió a la actividad. Su hijo, José Ibáñez, se asoció con el empresario Antonio de Tapia y Piñeiro. Se ampliaron hornos y molinos, se abrió un área de producción para estampados y se realizaron las primeras estampaciones con temas populares de Galicia.

La situación económica obligó al segundo cierre, pero en 1845 se arrendó de nuevo y la fábrica reanudó su actividad con nuevos objetivos. Se dio trabajo a más familias y se fabricó gran cantidad de piezas de alta calidad estética y técnica. Fue su época de esplendor. Incluso, se fabricaron vajillas para la reina Isabel II. Esta es la hija de quien llegó al trono gracias a ese cavernícola “vivan las caenas”, Fernando VII, conocido cariñosamente como “el Mastuerzo” en algunos círculos culturales.

Se construyó una flota propia y se consolidó una red industrial que combinaba producción, transporte y exportación. Pero no era fácil competir con las fábricas europeas y, en 1875, Sargadelos cerró sus puertas.

Sargadelos, hoy

Durante décadas, su recuerdo permaneció dormido, hasta que en 1968 Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane impulsaron el renacimiento de la Real Fábrica de Sargadelos. Con respeto por la tradición y una fuerte vocación artística, fundaron la nueva Sociedad Cerámica de Sargadelos y levantaron un nuevo complejo en la misma zona. Recuperaron el espíritu ilustrado, pero añadieron un lenguaje propio, con diseños geométricos, colores vibrantes y una conexión clara con el arte gallego contemporáneo.

Hoy, el conjunto histórico de Sargadelos está protegido como Bien de Interés Cultural. Las antiguas construcciones —la presa, la fundición, la casa del administrador, el pazo, la iglesia y hasta el cementerio— forman parte de una visita que permite entender no solo la historia de una fábrica, sino el alma industrial de Galicia.

Sin embargo, el presente de Sargadelos atraviesa una etapa incierta. En 2025, tras una inspección laboral que obligó al cierre repentino de la planta de Cervo, la actividad ha quedado gravemente comprometida. La fábrica no ha cesado de existir, pero su futuro es tan frágil como valioso.

Sargadelos no es solo un nombre. Es una estética, una técnica, una memoria. Su cerámica sigue hablándonos, pieza a pieza, de lo que fuimos capaces de crear cuando la industria, el arte y la tierra se unieron.